Por Fernando Torok

La trágica muerte de Kobe Bryant demostró, una vez más, su influencia para el deporte mundial. Su triste pérdida, junto a la de una de sus cuatro hijas, Gianna (13), y la de otras siete personas, golpeó a todos como si se tratase de la muerte de una madre, un padre, un hermano o hermana, o un amigo muy cercano.

Para muchos fue perder a un ídolo. Para aquellos más cercanos a la NBA, un ultra profesional que siempre estaba presente en los momentos más felices como más oscuros. En cuanto a los ajenos al básquet, una persona que influenció en la vida de millones de personas, sin importar la edad, el sexo, la creencia política o religiosa.

Los héroes van y vienen, las leyendas viven para siempre”, profesa una de sus frases más célebres, que en los últimos días recorre las redes sociales más que nunca. The Black Mamba era, indiscutiblemente, una leyenda. Pero, si bien sus conquistas marcan su importancia dentro del básquet y del deporte en general, su legado no pasa por su interminable lista de palmares, que incluye cinco anillos de la NBA (1999-00, 2000-01, 2000-02, 2008-09 y 2009-10), dos premios al MVP de las finales (2009 y 2010) y dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos (Beijing 2008 y Londres 2012).

Las leyendas llegan a este punto por dejar algo más que números y coronaciones. Kobe profesó la Mamba Mentality como estilo de vida, algo que bien podría conectar su carrera a las de Michael Jordan, Carl Lewis, Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic, Michael Phelps y Usain Bolt, entre otros históricos.

Quería ser el mejor. Más allá de haber nacido en Philadelphia. Más allá de no ser el más musculoso de todos. Más allá que a sus 13 años había 53 jugadores jóvenes en su ciudad que eran considerados más capaces. Más allá de llegar prematuramente a la NBA, tras no tomar el lógico camino de jugar para alguna universidad. Más allá que en el meridiano de su carrera decían que no iba a poder con las lesiones, con su vejez y ya sin Shaquille O’Neal a su lado. Más allá que decían que, por más parecido que sea su juego, jamás podría poner en cuestionamiento a Michael Jordan, el mejor de todos los tiempos.

Pero, como quería ser el mejor, trabajó arduamente para destrozar cada uno de estos paradigmas. Para lograrlo no sólo necesitaba un arsenal de movimientos que lo volvieran un asesino dentro de la cancha, sino también que necesitaba tener la cabeza preparada para hacerlo. Como un maestro jedi forjado en Star Wars, dominó sus miedos y sus debilidades. No optó por la comodidad de desarrollar sus fortalezas, sino que se expuso al molesto trabajo de superar sus puntos flacos para volverse más completo.

Así, entrenó día a día, sin importar fechas patrias, festividades o vacaciones. A la mañana, a la tarde, a la noche y a la madrugada, si así pudiera. Era el primero en llegar al gimnasio y el último en irse. Entendía que con varias sesiones de entrenamientos por día, podía dominar todo lo que gira en torno a su deporte, escaparse de sus competidores y liberar el camino hacia su objetivo. De esta manera, pasó de ser comparado con buenos jugadores circunstanciales, a ser considerado un Top 10 de la historia de la NBA y a poner en duda el puesto de mejor a Jordan, más allá de la subjetiva elección de uno sobre otro.

Esta mentalidad lo volvió imparable en la cancha, uno de los jugadores más completos y de los mejores definidores de partidos que se vio en la historia. Cuando todos estaban cansados y las piernas no respondían, Kobe era capaz de rendir, responder y guiar a los suyos a la victoria. Así fue tan odiado por sus rivales como amado por sus compañeros e hinchas.

Se retiró dejando highlights hasta el hartazgo, con varios momentos icónicos que incluyeron dos tiros libres con un tendón de aquiles roto; o unos ilógicos, pero reales, 60 puntos en el último partido de su carrera.

Kobe dejó un legado de autosuperación sin igual, que inspiró e inspira a chicos, jóvenes y adultos. Por esto el mundo se mostró tan devastado, como profesó el mismo Manu Ginóbili al enterarse de la noticia. Porque con la naranja en sus manos se volvió un líder mundial en enfrentar la adversidad para sacar la mejor versión de cada uno. Porque en estos tiempos, donde todos queremos todo rápido y fácil, nos demostró que con trabajo duro, constante y prolongado se puede alcanzar cualquier cosa.

La muerte nos iguala a todos, es un final inevitable para cualquier ser humano. Pero Kobe Bean Bryant tendrá el privilegio de vivir para siempre, porque continuará inspirando a partir de su inolvidable recuerdo.